Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 16)
Si hay algo asombroso que he visto en muchos hombres, es la capacidad de adaptarse incluso a condiciones de soledad muy profundas. Quizá eso nos vuelve, en cierto modo, más fríos al momento de decidir. Pero lo cierto es que la soledad también trae bendiciones, y una de ellas es justamente la fortaleza del alma, como lo expliqué en mi post: la soledad.
Llegar del trabajo y encontrar la casa vacía. Hablar contigo mismo y escucharte pensar en voz alta hasta en los comentarios más pequeños. Prepararte tu propia comida, atenderte solo, ducharte sabiendo que no hay nadie detrás de esa puerta y dormir apagando las únicas luces que dejaste encendidas, escuchando únicamente tus pasos en el trayecto hacia la cama.
Despertar y no ver a nadie es algo a lo que toma tiempo acostumbrarse, especialmente si pasaste varios años de tu vida en pareja. Más aún si tienes hijos con custodia compartida, y todavía más cuando vienes de una ruptura que llegó hasta las profundidades de tu alma.
Pero como todo logro en esta vida, tiene su costo, y el costo en mi caso fue aprender a superar de a pocos las cosas que viví con mi ex esposa, como decía Ricardo Arjona en una de sus canciones: ‘me tomo un café con tu ausencia, y le enciendo un cigarro a la nostalgia, le doy un beso en el cuello a tu espacio vacío’. Aunque el contexto con el que el autor se inspiró para esa canción haya sido distinto, lo que sí comparte con una separación es esa sensación de extrañar a alguien en las actividades más simples del día a día. Acostumbrarte a no ver más a esa persona en lugares donde antes su presencia parecía parte natural de tu vida.
Y quizá para eso existe el luto después de una ruptura: para aprender a dejar ir poco a poco, a soltar incluso los pensamientos más pequeños que todavía te atan al pasado. Pero también para entender que muchos de esos momentos que parecían felicidad absoluta, tal vez eran solamente ilusiones que uno decidió no cuestionar mientras estaba enamorado.
Como mencioné anteriormente en mi post: el perdón, no es cierto que el tiempo lo cura todo. En realidad, es la voluntad de sanar la que, con el tiempo, termina reconstruyéndote. Y esa voluntad debe ir acompañada de oración y búsqueda de Dios en su palabra.
Puedes estar diez o veinte años intentando sanar, pero sin voluntad de hierro es poco probable que lo logres, toma su tiempo, tampoco es en un par de meses, pero esta etapa de aprender a vivir solo sirve como cimiento de una construcción sólida, viviendo un día a la vez, enfocándote en traer las mejores vendas y los mejores antiinflamatorios para sanar tu corazón, tu mente y tu alma.
Con esta nueva soledad aprendí a desarrollar una habilidad que había permanecido escondida dentro de mí: me volví más reflexivo. Era como si el día, de pronto, me diera el tiempo suficiente para pensar en la vida y en mí mismo. Incluso cuando intentaba distraerme mirando reels o pasando horas en redes sociales, llegaba un momento en que hasta eso terminaba cansándome. Y nuevamente estaba ahí, solo conmigo mismo, reflexionando sobre todo lo que ocurría dentro y fuera de mi vida.
Comencé a entenderme mejor. También empecé a escarbar en mis recuerdos, porque al darme cuenta de que sí era posible sanar, sentí que quizá todavía existían heridas de mi niñez, adolescencia y juventud que nunca habían terminado de sanar por completo. Me remonté a todo lo que pude recordar y, poco a poco, fui entendiendo cosas que aún seguían rotas dentro de mí. Todavía había rencor, frustración, falta de perdón e incluso una necesidad profunda de reconciliarme conmigo mismo.
Así que me puse manos a la obra. Comencé a orar y a pedirle a Dios que me ayudara a reconstruirme desde aquellas cosas que me habían afectado en el pasado, desde las enseñanzas que no supe aprovechar y aquellas lecciones que quizá nunca entendí con la profundidad con la que ahora las veía.
Encontraba enseñanzas para mi vida incluso en canciones antiguas que cantaba en la iglesia bautista cuando era niño. Frases como: “en su palabra esperaré, y mi confianza en ti pondré”, y “Oh Dios eterno tu misericordia ni una sombra de dudas tendrá, tu compasión y bondad nunca fallan, y por los siglos el mismo serás”. Era inevitable quebrarme al volver a cantarlas. Resonaban en mi alma como un martillo golpeando el metal, dándole forma poco a poco a una nueva fortaleza que apenas comenzaba a descubrir dentro de mí.
Recuerdo que desde pequeño a mi mamá siempre le costaba mucho enseñarnos, a mis hermanos y a mí, los hábitos de mantener la casa limpia y ordenada. Si ella hubiera visto lo impecable que la dejaba ahora, en esta nueva etapa de mi vida, probablemente se habría sorprendido y quizá habría dicho: “misión cumplida”.
La nueva soledad trae eso: una necesidad de orden. Y también una extraña sensación de tranquilidad al ver que las cosas que dejaste en un lugar por la mañana siguen exactamente ahí al final del día. Parte de ese orden y disciplina también lo aprendí durante mi corto paso por el ejército, cuando tenía 16 años.
Cierto día salí a caminar por el barrio, tenía mucha paz y tranquilidad, con el tiempo se volvió un buen hábito, a veces salía con el carro. Pero algo que me llamó la atención fue que comenzaba a disertar sobre temas de mi interés, en voz alta, teniendo como contraparte a mi mismo, era gracioso, como si hubieran dos Diegos debatiendo ideas y llegando a acuerdos en medio de conversaciones transaccionales, luego me terminaba riendo solo.
También experimenté hambre natural, ya que, al estar solo, se me iban las ganas de cocinar y a veces comía poco, pero esa sensación de hambre era agradable, no traía angustia ni preocupación, recuerdo que en uno de esos días que tuve hambre dije: iré por un sándwich a Mc Donald’s y me iré a ver el atardecer. Buscando dónde verlo terminé en una calle llena de casas bonitas, estacionado, comiendo mi sándwich y bromando conmigo mismo: ‘bonito sunset eh’.
Las pruebas y las aflicciones siempre estarán presentes, es parte de nuestro caminar en esta vida, pero fue en la soledad donde aprendí a transitarlas, recordaba una canción que aprendí en el ejército y que cayó en esta etapa como anillo al dedo: ‘ni el duro trato, ni el aislamiento, el dolor, el cansancio y la fatiga, la sed que abraza tan cruento sufrimiento, han de abatir mi arrojo y osadía’.
Finalmente, otra de las cosas que me trajo esta nueva etapa de aprendizaje, fue que, al reencontrarme conmigo mismo, pude entender mejor mis fortalezas y debilidades. Y créeme, este proceso te hace comprender mucho tu valor como hombre, como persona, como hijo de Dios, y ese nuevo valor comenzó a nacer y a germinar poco a poco hasta el día de hoy.
Mis debilidades me dieron mucho por trabajar, pero entendiendo que todo lo que uno puede mejorar como persona lo puede hacer cada vez que se lo proponga, y no es un asunto de una sola etapa, sino un proceso de mejora que continúa a lo largo de nuestra vida, y va de la mano con el cumplimiento de nuestros propósitos.
Así que, si crees que la soledad no te da trabajo por hacer, debes saber que es todo lo contrario.
Siguiente capítulo: Manejando la frustracion
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