Padre

Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 15)

Uno de los cambios que se notaron rápidamente en mi manera de ser fue mi cercanía con los niños, comenzó a nacerme un amor más grande por ellos, al mismo tiempo que me daba cuenta de que, en varios momentos, durante su niñez, había estado siendo muy duro con ellos, no significa que comencé a ser más permisivo, sino que comencé a hablarles e instruirles con un entendimiento que nunca antes lo había tenido.  

Pude verlos de cerca en mi proceso de separación y ruptura con mi ex esposa, y me dolió en el alma ver cómo sus tiernos corazones sufrían y se quebraban. Tal vez una de las cosas que más me dolió, fue que un día, mi hijo menor me dijo que estaba orando a Dios para mamá y papá vuelvan. Y en otra ocasión, cuando ella venía a verlos para luego irse con su pareja a pasar la noche, estando los niños en la puerta del departamento llorando y rogándole que no se vaya, después de un pequeño silencio, el menor de mis hijos pronunció unas palabras que se me quedaron atravesadas como lanza: ‘quisiera que nada de esto hubiera pasado’.

Y si, yo también lo quise con todas mis fuerzas, se exactamente a lo que él se refería, a que seamos la familia que siempre andaba unida al final del día, riéndose, jugando entre nosotros, yendo a dormir contando historias o leyéndoles cuentos, un niño siente una seguridad increíble al ver a sus papás juntos en amor.

Si tu eres papá y ves que tu relación de pareja está debilitada por algún motivo, si es que ves que la relación aún tiene esperanzas, peléala, pídele a Dios que salve tu relación y la vuelva más fuerte, hazlo por tus hijos, uno no alcanza a entender el tremendo golpe que significa una separación para ellos y lo peor de todo es que no pueden decirlo, solo expresarlo.

Tras la separación, comencé a entenderlos mejor, a ser más amoroso, más paciente y a practicar más el perdón, las reprimendas severas fueron cambiadas por amonestaciones acompañadas de reconstrucción. Aprendí que a un niño, cuando se le castiga, se le explica con amor las consecuencias de la desobediencia, y luego hay que continuar construyendo su carácter, cuidando al milímetro su autoestima.

Me di cuenta también que muchas cosas buenas que comenzaba a aplicar en mis hijos, como el saber escucharlos, comprenderlos, hablarles a su edad y a su contexto, mis padres no lo habían hecho conmigo en mi niñez. Fue asombroso ver cómo en lugar de guardarles rencor por no haber sido así conmigo de niño, comencé a perdonarlos a ellos también, pues hicieron lo mejor que pudieron, hasta lo poco, y yendo más allá, incluso sus malas decisiones, ya no afectaban a esta nueva reconstrucción que se estaba formando. Pues lo que Dios construye, no hay mal pasado que pueda afectarlo.

Una vez mi hijo mayor, cuando mi separación estaba comenzando y yo estaba muy afligido, me dijo: ‘papá, extraño cuando salíamos de paseo los 4 en Perú y nos íbamos al campo a disfrutar en familia’. Yo, con mi corazón hecho pedazos lo abrazaba y le decía: ‘hijo, créeme que aquellos paseos fueron los mejores de mi vida, yo también lo extraño hijo mío, pero pronto vendrán paseos muy bonitos aquí también’.

Es difícil imaginar la sensación de tristeza cuando me iba al cuarto a dormir, sabiendo que probablemente ya no iban a haber más paseos de los 4, o ya no como cuando éramos una familia. Pero había algo que me faltaba entender, esos paseos con ellos y conmigo debían volver en algún momento, como dice en Proverbios: ‘todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora’.

Y es así que llegó el día, el calor del verano y el sol se alzaban frente a mis ojos con toda la mañana libre y despejada, les dije que alistemos nuestras cosas, que nos íbamos de paseo. Preparé merienda para todos, y entre bromas me decían que estaría bueno el picnic, es una de las primeras palabras que Esteban aprendió en Perú en las clases de inglés del colegio la cual por algún motivo nos daba risa y al mismo tiempo nos agradaba.

 Dios me bendijo con un carro al cual le dimos todo el uso posible para los paseos, también me bendijo mucho en una ciudad que literalmente tiene lugares para pasear y tomar merienda dentro y fuera de ella, Manitoba vino a ser el lugar perfecto para reiniciar los paseos en familia, esta vez, en familia de tres, pero los chicos estaban muy contentos y lo disfrutaron mucho.

Sin querer se había dado inicio a una nueva página en nuestras vidas, una nueva etapa de la cual debíamos aprender todos a adaptarnos y a acostumbrarnos, y lo hicimos de la mejor manera posible. En cada lugar al que iba, sentía una conexión muy agradable con la naturaleza, y, a pesar que volvía a casa bastante cansado, me llenaba de a pocos una sensación de agradecimiento con Dios por la vida que me permitía vivir, y por el valioso tiempo que tenía con mis hijos.

Como oraba todos los días para que Dios cuide sus corazones, también aprendí a escucharlos, a notar cuando estaban lastimados o molestos, pero esta vez reaccionando mejor. Con el tiempo me volví un padre paciente, ya no renegaba tan frecuente como lo hacía antes, y comenzaba a abrazarlos con un amor que la verdad nunca antes lo había sentido. No estoy justificando la separación, pero dentro de todo lo malo que me ocurrió, reencontrarme con mis hijos fue algo muy maravilloso que en otros tiempos nunca pude vivirlo.

El menor de mis hijos comenzó a apegarse a mí, las veces que iba al colegio a dejarlos, él me pedía que no me fuera hasta que haya dejado de verme mientras entraba a sus clases. Y así es que, cuando nos despedíamos, nos abrazábamos fuerte y le decía que lo amaba y el me decía: yo también te amo, nos decíamos adiós con nuestras manos, y cada cuatro o cinco pasos que daba, volteaba a verme para despedirse con sus manitos una vez más, y así lo hacíamos incluso hasta después que él cruzaba la puerta del colegio, me miraba a través de la ventana y me daba un último adiós con sus manos.

Nunca, pero nunca olvidaré esos momentos, y hasta el día de hoy se los recuerdo, pues ya no lo hace. También doy gracias a Dios por haberme dado el horario de la noche en el trabajo en aquel tiempo, para poder llevarlos al colegio y disfrutar de esas despedidas tan tiernas con mis hijos.  

Otra de las cosas que cambiaron para bien fue comenzar a dormir con ellos; ellos amaban eso y sentían una fuerte seguridad al dormir al lado mío, así que esa nueva etapa fue algo a lo que también aprendí a acostumbrarme. Cada noche acomodábamos las almohadas, cada uno tenía la suya, hablábamos un poco de temas de su interés y de cómo les fue en el día, y sentía que verdaderamente estaba disfrutando un lujo con mis hijos, pues aprendí a escucharlos como nunca antes lo había hecho.

También comencé a contarles historias para dormir, el detalle era que yo mismo me las inventaba, y les parecía tan interesantes y fascinantes que me pedían que el día siguiente cuente la continuación. Y fue así que, si tuviera que escribir las historias que les conté, estas serían tres series, cada serie de dos temporadas y cada temporada de ocho o nueve capítulos.

Disfrutaron tanto mis historias que llegamos a hacer teatros con ellas; yo contaba la historia y ellos actuaban, utilizaban sus juguetes como parte de la escenografía y, para los demás personajes, hacían actuar a sus peluches. Nos reíamos mucho a carcajadas. El único problema era que yo sufría para hacerlos dormir pues se les iba el sueño de lo entretenidas que eran las historias y cómo las actuaban, ellos son de lo mejor.

Visitábamos playas de lago que parecían tarjetas postales, cruzamos el límite provincial de Manitoba hacia Ontario, caminábamos por muchos senderos y bosques seguros de transitar, y acampábamos nuevamente en esta nueva etapa. La vida comenzaba a resurgir con más fuerza que antes, y Dios iba a todo lado con nosotros.

Y así fue que comencé una nueva etapa de padre, una etapa mejor, con muchas luchas de por medio, pero con un carácter más firme y un amor más cercano hacia mis hijos, más empático, sabiendo escucharlos y entenderlos. Dios me dio en ellos un nuevo propósito para reconstruirme y adquirir fortaleza inquebrantable.

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