– ¡Hola amigo! – Escuchar esa frase en una planta de producción canadiense, donde todos somos de distintos países, para mí fue algo sorpresivo y fraterno a la vez, pero no venía de un hispanohablante, era un ‘hola amigo’ muy extraño, cuando volteé a ver quién me había saludado, era una persona de rasgos africanos, del área de producción. Normalmente las personas del área de producción solo se hablan entre los que se conocen, y solo unos cuantos con los que somos del área de mantenimiento, salvo que sean del mismo país.
Lo primero que respondí fue: ¡Oh! ¡Hola!, ¿hablas español?, y su rostro confundido con una sonrisa me dijo que no, me explicó en inglés que eso era todo lo que sabía de ese idioma. Desde el primer momento que recibí el saludo de aquel compañero me cayó muy bien, siempre lo veía con buena actitud y desde entonces siempre nos saludamos con un ‘hola amigo’ antes de proceder a seguir hablando en inglés.
De alguna manera mi nuevo amigo supo que yo hablaba español, quizá por mis rasgos físicos o también por mi nombre que tengo impreso en el casco. Él trabaja en un área de la planta donde clasifica el producto que viene de las máquinas. A veces, cuando paso cerca, lo veo concentrado en su trabajo y otras veces, un poco preocupado.
Hoy decidí conversar un poco más con él y le pregunté cómo le estaba yendo esta semana, me dijo que cansado, de pronto comenzamos a hablar en más confianza y me contaba que debía trabajar para enviar dinero a sus familiares que vivían en su país. Me decía que tenía a sus dos padres de edad ya avanzada y que necesitaban su apoyo económico que él genera aquí en Canadá, así que les hace envíos a sus padres de forma regular.
Yo le pregunté si tenía hermanos, quizá ellos – decía yo – también pueden apoyar a sus padres, me contó que el único hermano que tenía había fallecido, que él era la única fuente de ingresos para sus padres.
Si no hubiera existido la conversación del día de hoy, no me hubiera enterado por lo que pasa ese hombre, día tras día viene a la planta a realizar su propio sacrificio en un trabajo poco remunerado y que demanda bastante esfuerzo físico, sin contar que de por si la vida en Canadá es costosa y se vuelve aún más con el pasar de los años.
Venir desde tan lejos a trabajar en solitario en un país que no es el suyo es un gran sacrificio, y que sus padres dependan económicamente de él lo es aún más. Pero él está ahí, enfrentando cada día con mucha determinación, tal vez animándose a sí mismo mientras va de camino al trabajo, quizá ahorrando en comida y ajustando la economía para que alcance.
Así como tú, hay hombres que en este momento están luchando en silencio, en medio del estrés, el cansancio, el hambre y el sueño que todos notan, pero que nadie pregunta por ello. Este es el camino de la resiliencia, donde aprendemos a avanzar con poca agua en nuestra botella en medio de campos agrestes y desérticos, pero que forjan el carácter y la disciplina. Te animo a que, si estás pasando por algo parecido, si tus fuerzas están flaqueando y los ánimos cayendo, no estás solo, somos muchos hombres en una situación similar, pero que no hacemos ruido porque no es nuestra naturaleza, nos queda seguir, recuerda que no estás solo.
“Vengan a mí todos los que estén trabajados y cargados, que yo los haré descansar” Mateo 11:28
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