Desde que trabajé en Estados Unidos, allá por el año 2007 (parte de esa experiencia la cuento en mi publicación cuando ya no puedes mas, el poder de la oracion), siempre quise volver. Recuerdo que, mientras esperaba en el aeropuerto de Miami para abordar el avión de regreso a Perú, me hice una promesa a mí mismo: algún día volvería a ese país o a uno muy parecido. En ese momento no sabía cuándo ocurriría, ni mucho menos por qué camino, pero ese sueño quedó profundamente grabado en mi corazón.
Cuando éramos enamorados, solía comentarle que algún día me gustaría vivir en Norteamérica. Después de casarnos, esa conversación se hizo cada vez más frecuente. Yo soñaba con ello, algunas veces en silencio y otras mientras hablábamos de nuestro futuro, pero nunca renuncié a esa idea. Imaginaba a nuestros hijos creciendo con tranquilidad, jugando seguros en los parques públicos, estudiando en un sistema educativo mejor organizado y disfrutando de oportunidades que yo nunca había tenido. Pero, por encima de todo, había una razón que pesaba más que cualquier otra: quería pasar mucho más tiempo con mi familia.
Mi trabajo como ingeniero mecánico en Perú exigía viajar constantemente a las unidades mineras del sur del país. Nunca terminé de acostumbrarme a esa rutina. Me dolía despedirme de mi esposa y de mis hijos, sobre todo cuando aún eran tan pequeños. Sin embargo, tenía que hacerlo; durante los casi ocho años que estuve casado en Perú, ese trabajo fue el sustento de nuestra familia. Mirando hacia atrás, puedo decir que la mina fue uno de los lugares más angustiantes en los que trabajé, pero también uno de los que más fortaleció mi carácter y mi capacidad de sobreponerme a las dificultades.
Durante los años que trabajé para una compañía finlandesa en Arequipa, conocí a Paul, un especialista estadounidense que viajaba con frecuencia para brindar soporte técnico. Desde finales de 2015 nos hicimos muy buenos amigos. Con él practicaba inglés, aprendía muchas cosas y disfrutaba de su particular sentido del humor. Era un hombre de carácter fuerte, pero con una personalidad muy agradable. Vivía en una ciudad del estado de Michigan y, sin saberlo, terminaría influyendo de manera importante en una de las decisiones más grandes de mi vida.
En uno de sus viajes de trabajo a Perú, por el año 2017, coincidimos con Paul en la minera Las Bambas, en Apurímac. Aún recuerdo aquella noche en la que nos quedamos conversando en el patio después de cenar. El cielo estaba completamente despejado por lo que se podían ver las estrellas, y el viento helado, tan característico de Apurímac, acompañaba nuestra conversación como un silencioso testigo de lo que ocurriría años después. Fue entonces cuando le conté mi deseo de ir a vivir a América del Norte. Me respondió que era una buena idea, pero que todo dependía de tomar la decisión. Recuerdo una frase suya que quedó grabada para siempre en mi memoria: “La vida es una sola, Diego. Puede que, si no ejecutas tus planes, llegues a viejo diciendo que hubieras querido intentarlo”. Desde ese día esa idea comenzó a dar vueltas en mi cabeza y ya no me dejaba dormir: migrar al norte.
Pasaron unas semanas y Paul me habló de la posibilidad de estudiar una carrera técnica en la ciudad donde él vivía. Su esposa trabajaba en el área de recursos humanos de un instituto y se ofreció a averiguar qué opciones existían para mí. Me emocioné muchísimo; incluso llegué a imaginarme estudiando mantenimiento mecánico allí. Sin embargo, los requisitos eran muy exigentes y los costos demasiado elevados. En ese momento yo estaba a mitad de mi maestría en Ingeniería de Mantenimiento, así que Paul me aconsejó terminarla primero y recién después evaluar la posibilidad de postular.
Tras esa desilusión, me puse en contacto con mi amigo Christian, que ya vivía en Canadá. Le pregunté qué opciones existían para emigrar y me envió varios enlaces con información y requisitos. Sin embargo, entendí que todavía no era el momento. Caleb acababa de nacer, el presupuesto familiar estaba bastante ajustado y aún me faltaba un año para terminar la maestría. Decidimos entonces poner el sueño canadiense en pausa.
Le dije a mi esposa que esperáramos a que la situación mejorara y que, al menos, Caleb comenzara su educación inicial antes de intentar dar ese paso. Ambos estuvimos de acuerdo. Los años fueron pasando entre alegrías, sacrificios, dificultades y momentos buenos, hasta que llegó el 2021, en plena pandemia del COVID-19. Casi nos habíamos olvidado del plan de emigrar cuando, durante un feriado largo mientras disfrutábamos de unos días en Puerto Inka, me fracturé el tobillo. Desde el accidente hasta la recuperación fue un proceso largo y muy doloroso.
Recuerdo la profunda decepción que sentí por la casi inexistente atención médica que encontré en las postas de Chala y sus alrededores. Mientras permanecía con el pie enyesado, la idea de emigrar a Canadá volvió a cruzarse por mi mente. No porque creyera que ese país fuera la solución a todos los problemas, sino porque estaba convencido de que, si una emergencia semejante le ocurría a alguien de mi familia allí, no tendría que vivir el abandono que yo experimenté en ese momento. Encontrarme con el pie fracturado y sentirme prácticamente solo frente a un sistema tan precario fue una de las experiencias más desalentadoras que viví en aquellos años.
Pero no tomamos la decisión de migrar de un momento a otro. El impulso definitivo llegó cuando vimos en las noticias que las dos opciones que menos esperábamos para la presidencia del Perú habían pasado a la segunda vuelta electoral. Fue entonces cuando decidimos poner en marcha un plan que habíamos postergado durante años. Optamos por la vía de estudios para emigrar a Canadá; ella obtendría un permiso de trabajo abierto y yo estudiaría mientras, si las fuerzas alcanzaban, también trabajaba a tiempo completo. Mirando hacia atrás, esa posibilidad terminó siendo una de las decisiones que más me ayudó a salir adelante en medio del caos que vendría después. Poco tiempo más tarde, las leyes cambiaron y esa oportunidad dejó de existir.
Llegó el año 2022 y, finalmente, obtuvimos los permisos migratorios, la admisión al college y las visas aprobadas. La emoción era inmensa. Invertí prácticamente todo el dinero que tenía para hacer realidad ese cambio de vida. Éramos conscientes de que existía una alta posibilidad de no volver a vivir en Perú, pero lejos de asustarnos, sentíamos que estábamos comenzando a vivir un sueño que habíamos construido durante muchos años. Fueron incontables noches conversando sobre ese proyecto, haciendo planes y orando para que algún día se hiciera realidad. Y ese día, finalmente, había llegado.
Soñábamos con que nuestros hijos crecieran rodeados de mejores oportunidades académicas y culturales, pero, sobre todo, en un ambiente seguro y tranquilo. Así fue como llegamos a Winnipeg, a mediados de agosto de 2022, llenos de sueños, de expectativas y de amor, en medio de uno de los veranos más hermosos que he vivido en esta provincia.
Sin embargo, toda esa ilusión era incapaz de ocultar los problemas que veníamos arrastrando desde el inicio de nuestra relación. Migrar a otro país no cambia aquello que nunca se resolvió. Como conté en los capítulos anteriores, llegamos a Canadá cargando heridas que habían nacido mucho antes de nuestro matrimonio. Sonreíamos para las fotografías, nos decíamos cosas bonitas y celebrábamos el comienzo de una nueva etapa, sin imaginar que ese mismo país pondría nuestra relación a prueba y sacaría a la luz lo que durante tantos años habíamos intentado ignorar.
Canadá recibió a un hombre profundamente desgastado. Un hombre que llevaba años soportando un matrimonio marcado por la indiferencia y las faltas de respeto, aunque todavía no era capaz de reconocerlo. Solo después de todo lo que ocurrió pude mirar hacia atrás y entender con claridad quién era realmente en aquel momento: alguien que había terminado resignándose a soportar golpes constantes contra su dignidad y su autoestima, sin sospechar que, apenas unos meses después de llegar a este país, su vida cambiaría para siempre.
Siguiente capítulo: El momento en que todo colapsó
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