Si hoy pudiera volver al año 2010 y encontrarme con aquel joven que estaba entrando a su penúltimo año de universidad, emocionado por la posibilidad de enamorarse y convencido de que estaba comenzando una de las etapas más hermosas de su vida, no intentaría cambiar su historia ni evitarle el dolor que le esperaba más adelante. Tampoco le diría que se alejara de aquella chica ni que tomara un camino diferente. Lo único que le diría sería: “abre bien los ojos”.
Porque con el paso de los años entendí algo que en aquel entonces era incapaz de ver: las señales más importantes de una relación suelen aparecer al inicio, cuando todo parece perfecto, cuando las emociones son intensas y cuando menos preparados estamos para interpretar correctamente lo que tenemos delante.
A veces, después de meditar sobre todo lo que me ocurrió, pienso que los hombres necesitamos una preparación mucho más sólida para escoger una compañera de vida. Nos enseñan a estudiar, a trabajar, a construir una carrera profesional y a perseguir nuestras metas, pero rara vez alguien nos enseña a reconocer aquello que puede darnos paz o quitárnosla durante años.
Cuando nos enamoramos solemos actuar impulsados por la emoción, la ilusión y la ternura del momento; queremos que las cosas funcionen, queremos creer que hemos encontrado a la persona correcta y muchas veces confundimos las señales de advertencia con pequeños detalles sin importancia. Sobre todo cuando estamos verdaderamente enamorados.
Aun así, si existiera un curso sobre cómo prepararse para el enamoramiento, creo que pocos hombres se interesarían en llevarlo. El amor parece una experiencia que uno quiere descubrir por sí mismo, con sus aciertos y sus errores, como si escuchar consejos ajenos le quitara autenticidad a la aventura. Yo también pensaba así. Creía que bastaba el corazón, la fe, el compromiso y la esencia de mi persona para construir una relación sólida.
No sabía que una mala decisión sentimental puede costar mucho más que una decepción pasajera; puede costarte años de tranquilidad, afectar tu enfoque, alterar el rumbo de tu vida y llevarte a atravesar procesos que jamás imaginaste enfrentar. Esta historia comienza precisamente ahí, en el momento en que ignoré las primeras señales y seguí avanzando sin comprender las consecuencias que tendrían más adelante.
El comienzo de mi historia
Mi historia comenzó en noviembre de 2010, cuando tenía 23 años. En aquel tiempo yo asistía al coro de la iglesia y estaba entrando a mi penúltimo año de ingeniería mecánica en la universidad. Era un muchacho bastante tranquilo, enfocado en mis estudios y en mis actividades dentro de la congregación, pero mi corazón había comenzado a inquietarse por una chica que también participaba en el coro navideño. Como suele ocurrir cuando un hombre se enamora, mis ojos solo veían sus virtudes. Me parecía dulce, tierna y especial; en mi mente representaba todo aquello que esperaba encontrar en una futura compañera de vida.
Así que reuní el valor para acercarme y hablarle. Comenzamos a conversar, intercambiamos números de celular y, casi sin darnos cuenta, la frecuencia de nuestras conversaciones fue aumentando hasta que empezamos a vernos cada vez más seguido.
Cuando uno conecta genuinamente con alguien, muchas cosas parecen desarrollarse de manera natural. Las conversaciones fluyen, el tiempo pasa rápido y cada encuentro deja la sensación de que la relación avanza por el camino correcto. Visto desde afuera, todo parecía ir bien. Sin embargo, si hoy miro hacia atrás con la experiencia que los años me han dado, puedo identificar con bastante claridad que para entonces ya había cometido dos errores importantes.
Error #1: Permitir que los sentimientos avancen más rápido que el conocimiento
El primero fue permitir que mis sentimientos avanzaran demasiado rápido. Cuando un hombre conoce a una mujer que le gusta de verdad, suele entrar en una especie de aceleración emocional difícil de describir. Quiere conquistarla, quiere asegurarse de no perder la oportunidad y, en ocasiones, teme que aparezca alguien más y ocupe su lugar. Yo no fui la excepción.
Hoy entiendo que las relaciones que tienen verdadero potencial no necesitan ser empujadas por la ansiedad ni por el miedo a quedarse atrás. Si una persona decide marcharse porque apareció alguien más, probablemente nunca estuvo realmente comprometida con construir algo sólido contigo. En aquel entonces no lo sabía; estaba demasiado ocupado intentando que todo avanzara para detenerme a observar con calma lo que realmente estaba ocurriendo.
Cuando una chica es para ti, las cosas suelen desarrollarse con calma y tranquilidad. Hay paz en las conversaciones, en los silencios y hasta en los momentos en que se extrañan. Yo me apresuré a avanzar y no tenía idea de en lo que me estaba metiendo. Además, me sentía confiado: ella era de la iglesia, provenía de un hogar cristiano y servía a Dios en el coro. Se podría decir que estaba en el lugar que muchos considerarían ideal para encontrar una chica con planes serios, pero eso en realidad no garantizaba nada.
Mi falta de preparación y de claridad hicieron que entrara en un amor ciego, de esos en los que uno está dispuesto a justificarlo todo y a cargar con cualquier peso con tal de salvar la relación.
Error #2: No conocer el entorno que la formó
El segundo error fue no conocer bien a sus padres. Sí, ese fue un gran error. Asumí que eran personas de buenos principios porque eso era lo que veía cada domingo en la iglesia. Sus padres participaban activamente en los servicios y su mamá era una mujer amable y cercana, alguien cuya forma de ser parecía genuina y sin aparentar ser otra persona. Sin embargo, no haberlos conocido mejor antes de seguir avanzando en la amistad y el cortejo fue algo que más adelante tendría consecuencias importantes.
No pasaron ni tres meses y comenzamos nuestra relación. Sé muy bien que no existe una fórmula que determine cuánto tiempo debe pasar antes de iniciar un noviazgo, pero mirando hacia atrás, tres meses me parece muy poco. Ambos nos apresuramos y ninguno de los dos lo notó.
La madre de ella siempre tuvo buenas intenciones con nosotros: me invitaba a desayunar algunos sábados, a almorzar los domingos y me incluía como parte de las reuniones familiares. Yo era “el enamorado de la hija” y hasta donde podía ver, era bien recibido por todos.
Disfruté mucho de esos momentos. Era un tiempo mágico para los dos; la comunicación fluía y nos entendíamos hasta en los mínimos detalles. Sin embargo, me había apresurado a avanzar en la relación y nadie parecía notarlo. Todo daba la impresión de marchar bien y de estar siguiendo el camino correcto.
Cuando la timidez se convierte en una alerta
Con el paso de los meses empecé a darme cuenta de que su timidez estaba muy arraigada en ella. En ese momento no lo vi como una señal de advertencia; por el contrario, me gustaban las chicas tranquilas y quizá porque yo también conservaba cierta timidez, lo interpreté como algo lindo que teníamos en común. Lo que no sabía era que detrás de esa forma de ser existían heridas familiares que nunca habían sanado. Ella rara vez hablaba de esos temas y, con el tiempo, esa parte de su vida se convirtió en un completo misterio para mí.
Poco a poco observé que sus padres se comunicaban muy poco entre ellos. Intuía que existían asuntos que nunca habían terminado de resolver y que eso había influido en la manera en que ella procesaba muchas cosas. Mientras tanto, nuestras conversaciones seguían girando alrededor de temas cotidianos y superficiales. Pero después de algunos meses sentí la necesidad de conocerla más profundamente. Quería hablar de nuestros proyectos de vida, de nuestros sueños y de los desafíos que estaríamos dispuestos a enfrentar.
El futuro
Lo que yo buscaba era una conexión más profunda. Me entusiasmaba la idea de construir metas junto a la persona que comenzaba a amar, pero cada vez que intentaba conversar sobre el futuro, ella evitaba el tema. Decía que no sabía o que nunca había pensado en ello.
Mirando hacia atrás, creo que ese fue otro aspecto importante que debí comprender antes de involucrar más mis sentimientos. No porque todas las personas deban tener la vida completamente resuelta, sino porque la forma en que alguien ve su futuro dice mucho sobre el momento personal que está atravesando y sobre lo que realmente está dispuesto a construir junto a otra persona.
Con el tiempo entendí que nuestra relación no estaba equilibrada. Yo asumí un rol en el que trataba de sostener, motivar y empujar muchas cosas, mientras que del otro lado existían procesos personales que aún no estaban resueltos. Eso hizo que, poco a poco, comenzara a sentir desgaste y a perder la tranquilidad que una relación necesita para crecer de manera sana.
Evidencias tempranas
Recuerdo una vez que estábamos compartiendo un lonche en su casa. Un comentario de su mamá la afectó mucho y decidió apartarse; se fue a un lugar tranquilo a llorar. Su mamá intentó consolarla y yo también traté de acercarme, pero entendí que era un momento muy personal y familiar, así que me despedí y me fui.
Con el tiempo comprendí que ese tipo de situaciones reflejaban emociones profundas que aún no estaban resueltas y que más adelante influirían en nuestra relación.
El tiempo fue pasando y seguimos celebrando cada mes juntos. Los días parecían volar y hacíamos actividades divertidas como cualquier pareja de enamorados. Sin embargo, cada cierto tiempo se repetía el mismo patrón: ella se molestaba mucho por situaciones pequeñas, yo terminaba sintiéndome culpable por la forma en que me trataba y acababa pidiendo disculpas. Después de eso, el asunto quedaba cerrado. Ella no quería volver a hablar del tema y siempre se refugiaba en la idea de: “ya lo olvidé, ya no nos acordemos de los malos ratos”.
Tardé mucho tiempo en entender que, cuando surgían conflictos, nuestra relación seguía un patrón repetitivo. Ella se enfadaba, yo pedía disculpas y luego todo quedaba atrás sin una conversación profunda que nos permitiera comprender qué había ocurrido y cómo podíamos mejorar como pareja.
Poco a poco fui entendiendo que existían aspectos de su niñez y adolescencia que no estaban resueltos. Había heridas que aparecían de forma casi imperceptible, como pequeños chispazos de vez en cuando, pero que influían en la forma en que vivíamos la relación. A veces se manifestaban en cambios de ánimo o reacciones intensas que yo no sabía cómo manejar. Sin darme cuenta, empecé a cargar con situaciones que no me correspondían y fui dejando de lado mi propia paz con tal de no perder la relación. Con el tiempo, eso terminó desgastándome mucho.
Con los años también comprendí algo más: la familia tiene una influencia enorme en la formación de una persona. Los valores, la manera de afrontar los conflictos, la forma de expresar afecto, las heridas y los aprendizajes que recibimos en casa suelen acompañarnos durante gran parte de nuestra vida adulta.
Por eso, cuando una persona arrastra conflictos que nunca logró resolver, esos conflictos rara vez permanecen ocultos para siempre. Tarde o temprano terminan apareciendo en sus relaciones más cercanas. Yo no entendía eso en aquel entonces, pero con el tiempo descubrí que muchas de las dificultades que enfrentábamos tenían raíces mucho más profundas de lo que imaginaba.
Siguiente capítulo: Dudar de uno mismo, el comienzo del declive en la relacion