Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 11)
Después de haber pasado por la horrorosa situación que viví en la empresa de almacenamiento de bodegas, contada en mi post el precio de una mala decision, comencé a buscar trabajo nuevamente y con mucha oración y pidiéndole perdón a Dios por lo ocurrido, pude encontrar un trabajo que era mucho mejor para mí.
Entré a trabajar a una empresa de alimentos, el puesto me calzó bien ya que iba a realizar mantenimiento mecánico industrial y estaba bastante relacionado con mi carrera profesional, esto fue en octubre de 2023.
Fue justo semanas después de haber entrado a dicha empresa que el Child and Family Service se involucró en nuestra situación de separación, y donde a partir de ese entonces muchas cosas cambiaron el rumbo de la dinámica que teníamos respecto a la tenencia de los niños. Después que me llamaron dándome la terrible noticia de que ella estaba involucrada y vivía con un hombre con cargos legales muy graves relacionados con menores, como lo mencioné en mi post impotencia, yo activé todas mis alarmas mentales para velar por la seguridad de mis hijos.
A partir de ese entonces el CFS tuvo una comunicación fluida conmigo, me dijeron que la investigación iba a durar un tiempo y querían asegurarse de que mi ex esposa tomara cartas en el asunto para la protección de los niños. Sin embargo, lejos de todo lo que se podía esperar, ella continuó con la misma actitud como si no hubiera un peligro alrededor suyo, continuaba viviendo con él.
Fue en ese entonces cuando el CFS me contactó y me dijo que a partir de ahora, ese hombre no podía acercarse a mis hijos ni tampoco verlos, por lo que ella, a pesar de que seguía viviendo con él, tenía que asegurarse que él no esté en el departamento cada vez que los chicos iban a visitarla.
Cierto día, pasadas unas semanas, me llamaron nuevamente del CFS, los noté preocupados. Me dijeron que habían esperado lo suficiente para que la mamá de mis niños actuara en favor de la seguridad de ellos, pero que, lejos de eso, no había mostrado ningún interés en ello, y por el contrario, me dijeron que cuando intentaban llamarla ella simplemente no respondía y tampoco respondía los mensajes que le enviaban.
La agente del CFS me dijo que habían determinado que mi ex esposa había minimizado el problema, y que, a partir de ese momento, ya no podría ver a los niños en su domicilio. Si quería verlos, tendría que hacerlo en mi casa, y en caso de salir con ellos, debía informarme a dónde irían y a qué hora estarían de regreso. Y así fue. Cada vez que venía a recogerlos, se limitaba a lo estrictamente necesario: llegaba, hablaba lo justo con ellos y evitaba cualquier intercambio conmigo. Simplemente los recogía y se iba.
Pasaron unas semanas y nuevamente me contactó la agente del CFS y me dijo: Diego, las cosas no están marchando bien con la mamá de tus hijos, vamos a tener que elevar las condiciones para que ella pueda visitarlos. A partir de ahora, ella ya no puede salir a la calle con ellos, solo podrá visitar a tus hijos en tu casa, y estando tú presente. Ella deberá avisarte a qué hora viene y cuánto tiempo se quedará.
Como si todo el sentido se hubiera desaparecido de las cosas que veía, ella comenzó a reducir sus visitas hacia ellos, ya no venía por varios días, y llegó un momento en el que entendí que yo era la única persona que mis hijos tenían para su cuidado, que incluso su mamá había sido considerada un peligro para mis hijos por el CFS, y lo que todos querían, incluyéndome, era el bienestar y seguridad de ellos por encima de todo.
Pasaron días en los que simplemente no venía. La casa se volvía más silenciosa de lo habitual, y los chicos dejaron de preguntar con la misma frecuencia por ella. Mientras tanto, su decisión de seguir viviendo con ese hombre se mantenía firme.
La agente nos citó un día en un Tim Hortons que queda cerca al barrio donde vivo. Comenzó haciendo una afirmación: ‘Estás involucrada con ese hombre’, a lo cual ella lo negó, y la agente le respondió: ‘tu vida y tus sentimientos han sido involucrados con él’ y ella le dijo que sólo era un amigo. La agente le dijo: es un amigo, pero vives con él. Y ella dijo que si, que le parecía normal.
La reunión no pudo trascender en mejoras para los niños, dada la postura de mi ex esposa, por lo que le dijeron: «Bueno, debemos informarte que las medidas que hemos tomado se mantienen; no nos sentimos conformes con tu actitud respecto a la seguridad de los niños». Y luego de eso, la reunión terminó.
Recuerdo que cuando salí de Tim Hortons, mientras caminaba hacia mi casa, pude ver un auto en el que alguna vez la había visto a ella. Desde el interior comenzaron a tocar el claxon y a lanzarme comentarios que no alcancé a entender. Fue entonces cuando me di cuenta de que había asistido a la reunión acompañada por él; estaba a la vuelta de la cafetería, esperando en su auto a que todo terminara. Yo solo seguí caminando.
Todo ese tiempo que estuve a cargo de los niños anduve en estado de alerta total día y noche, sentía que el dolor de mi separación poco a poco se desvanecía y comenzaba a entender con mi cerebro muchas cosas que jamás el corazón iba a poder interpretar. Fue ahí donde empecé a pensar mucho a la par que iba ganando claridad en mi mente respecto a las cosas que ocurrían.
Recuerdo que, como yo era nuevo en el trabajo, debía aceptar cualquier cambio de horario y me enviaron al turno noche, lo cual se me complicaba muchísimo porque entraba a las 4 de la tarde y salía 12:30 de la madrugada. Yo podía llevar a los chicos en la mañana al colegio, pero no tenía quien cuide de ellos en la tarde hasta que yo llegara. Por lo que, con acuerdo del CFS, dijeron que lo mejor era que su mamá los cuide en mi departamento hasta que yo llegue.
Tuve que acostumbrarme a que estuviera en mi casa todos los días por las tardes, mientras yo salía a trabajar. Ya no era la mujer de la que me había enamorado ni la persona con la que había construido tantas ilusiones; su presencia se volvió distante, ajena. Ella ya no vivía ahí, pero ocupaba ese espacio durante horas, en un lugar que para mí ya no se sentía propio. Volver por la noche y encontrar señales de que había estado allí era algo a lo que, poco a poco, tuve que adaptarme.
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, cada vez que volvía a casa después del turno encontraba la cocina con utensilios sin lavar, la sala desordenada y el cuarto de los niños distinto a como lo había dejado. Algunas cosas que necesitaban refrigeración quedaban fuera, echándose a perder. Yo llegaba de madrugada, a la una de la mañana, a veces a las dos, cansado, y me detenía unos segundos en la puerta antes de empezar a ordenar nuevamente.
Noté que el hombre con el que se involucró venía todas las noches a recogerla de mi casa, eso hizo que yo anduviera mucho más vigilante al salir y entrar a mi casa. Cada vez que salía me daba varias vueltas en el carro por el barrio para ver si él andaba cerca, y cada vez que yo volvía siempre lo hacía viniendo desde un lugar distinto, lento y cauteloso.
Siguiente capítulo: los sueños
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