Mis padres se separaron cuando yo tenía 14 años. La noticia de la separación fue algo que me atravesó hasta mis entrañas. Vi cómo, en un abrir y cerrar de ojos, todo el mundo que yo había imaginado se derrumbaba. Creía estar en una especie de familia perfecta, con problemas como todos, nada que el amor entre todos no pudiera solucionar.
Yo me encontraba en Cusco de visita, aprovechando mis vacaciones del colegio para pasarlas con mis tíos y primos que vivían ahí. Mi padre también vivía en Cusco; él era policía y lo trasladaban constantemente entre Puno y Cusco. Recuerdo que aquella vez lo notaba un poco raro, como queriendo hacerme saber que algo malo estaba pasando entre él y mamá, pero yo no lo entendía. Solo me decía que siempre en esta vida había que tener esperanza en que todo se iba a mejorar.
Al terminar las vacaciones volvimos juntos a Arequipa en bus. Hacía frío y no viajé cómodo. Llegamos a casa temprano y comenzó todo: vi por primera vez a mi madre negarle el beso de saludo, luego los escuché discutir dentro de su habitación. Mi hermano mayor aún dormía y mi hermana estaba despierta; trató de consolarme y me dijo que nuestros padres se estaban separando. Yo estaba muy asustado y comencé a llorar.
En el desayuno nos comunicaron su separación, y yo estaba partido en dos. Fue una experiencia muy dura. No creo que existan separaciones “light”, sobre todo cuando has crecido en un hogar tranquilo viendo que tus padres se querían y se respetaban el uno al otro. Ahora que han pasado muchos años, vuelvo a ver ese episodio y solo puedo decir que Dios me sostuvo en todo ese tiempo. Entendí que hay muchas cosas que escapan a nuestros anhelos y no podemos controlar ningún asunto de los padres cuando deciden separarse.
Cuando un hijo está entrando a la adolescencia, existen varios procesos internos que ocurren dentro de él, pues está en plena formación de su personalidad. De por sí ya se enfrenta a pensamientos sobre lo incierto de su futuro, y si a eso le sumas la separación de sus padres, es un caos total. En ese momento necesita el mayor de los cuidados. Tratar de entender por qué se separaron puede tomar más tiempo del que uno imagina, incluso años, y es duro tener que aceptar que tal vez era lo mejor para todos.
Lo primero que el adolescente necesita es entender algunas cosas:
- Desde que naciste hasta que fallezcas, nunca tendrás el control de la relación entre tus padres; no te desgastes pensando en si volverán o no.
- No se acaba el mundo con esto; la vida sigue y seguirá.
- Los padres se separan; es una verdad dolorosa, no eres el primero ni el último que pasa por esto.
- La separación de tus padres no te define como persona; tú eres un mundo nuevo que emerge como un lienzo en blanco para forjar tu propio futuro y una felicidad renovada.
- Necesitas de alguien que te brinde apoyo emocional profesional.
- Si alguien de la familia se ofrece a consolarte y animarte, no se lo niegues; a ellos también les duele.
- No importa cómo te vean en el colegio; ellos no están librando la batalla que tú libras. Es de valientes ignorar los malos comentarios y seguir con tu vida.
- Puedes buscar salidas rápidas para evitar el dolor, como el sexo, el cigarrillo, el alcohol o cualquier tipo de vicio, pero ninguna te ayudará de manera efectiva. Es un proceso que hay que atravesar con oración.
- Buscar ayuda en la iglesia es una gran bendición. Tú no lo ves, pero pasarán muchas cosas buenas cuando haya personas orando por ti; la oración a Dios tiene poder.
- Cuando crees que todo se ha acabado, es justo cuando empieza algo nuevo y mejor para ti, porque serás fortalecido más de lo que imaginas.
- Todo tiene un propósito divino. Esto que te ocurre es, al igual que lo que me pasó a mí, para bendecir a otros que pasan por situaciones similares, para que los ayudes y ores por ellos.
- Debes sanar, pero la verdadera sanidad viene de Dios. Y esta sanidad no llega sin hacer nada; debes acercarte a Él y pedirle que lo haga. Jesús dijo: “Si algo pidieres en mi nombre, yo lo haré”.
No importa la circunstancia en la que te encuentres; se trata de ti, de reconstruirte de la mejor manera. Lo que le ocurrió a tus padres déjaselo a ellos; ahora se trata de qué sigue para ti y cómo vas a mejorar. Esto no va a pasar ni hoy ni mañana; es un proceso que tomará tiempo, pero déjame decirte que el dolor va a pasar.
Con el tiempo aprendí que los hijos debemos amar, honrar y respetar a nuestros padres, pero no idealizarlos al punto de creer que nunca se van a separar. Yo así lo creía: “¿mis papás? Ellos son distintos; las otras parejas se separan, no los míos”. Pensaba que eso solo les ocurría a padres que no estaban preparados o no lo tenían claro desde el inicio. Créeme, muchas personas se separan incluso estando muy bien al inicio.
Una vez hayas dado el primer paso de querer reconstruirte, ya no mires hacia atrás y apóyate en las promesas que Dios les da a sus hijos. Lee la Biblia, y si no tienes una, consíguete una. Los que esperan que las cosas ocurran muchas veces no logran nada. El entendimiento y el crecimiento muchas veces están reservados para los valientes que se atreven a abrirse camino en medio del dolor y buscan mejorar desde adentro. En otras palabras, necesitas una buena dosis de voluntad.
No hay mejor forma de reconstrucción que trabajar en uno mismo con la convicción de que la paz y la calma llegarán en algún momento. Ese es el tipo de esperanza que se necesita para poder continuar al día siguiente. Querer ocultarlo y hacer de cuenta que todo anda bien, o mostrar indiferencia a lo que nos ocurre, ralentiza el proceso de sanación. Lo primero es reconocer lo que está ocurriendo y ponerse a trabajar en ello.
Lamentablemente, no hay suficientes clases para la escuela de la vida, y muchas de las enseñanzas se aprenden atravesando el problema, viviéndolo. Con el tiempo, eso se convierte en una herramienta esencial para la fortaleza del alma.
Imagina que un soldado quisiera ser paracaidista, se inscribe en un curso virtual y luego se gradúa. ¿Tendría sentido? ¿Crees que, si lo suben a un avión en una guerra, va a saltar? Es imposible que eso ocurra, pues ese curso hay que pasarlo corriendo duro, ejercitando el cuerpo y la mente y saltando desde una aeronave a gran altitud. De hecho, en muchas escuelas militares solo se gradúan quienes realizan cinco saltos.
De la misma forma es el proceso de reconstrucción en la separación de los padres: es un curso de vida que, cuando nos toca vivirlo, hay que atravesarlo de manera real, con el corazón dispuesto a levantarlo nuevamente. Yo creo en los milagros. Yo pasé por eso y pude sanar. Cuando fijas tu mirada en Dios, muchas cosas son sustituidas por Él, incluso tus padres. Como dice la Biblia: “Aun si mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Dios me recogerá”. Dios te dará el mejor de los saltos y podrás caer tranquilo y vivir para contarlo.
Hay un Padre que nunca se va a separar de ti, y ese es Dios.