Claridad

Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 18)

Uno de los resultados más potentes de mi proceso de reconstrucción, fue que comencé a entender con mayor profundidad las cosas que me habían ocurrido, y con el tiempo, todas las cosas que me ocurrían parecían tener una explicación y hasta un propósito.

Aprendí a valorar mis peores momentos de dolor como parte de un gran aprendizaje. Pero esta vez sin rencores ni amarguras que acompañen el agrio sabor de la fractura emocional.

Comprendí el valor de lo que significa una vida sin desgaste emocional continuo, sin el estrés ni las incomodidades que antes consumían mis días. Comencé a sentirme mejor conmigo mismo, a valorarme y a respetarme, entendiendo que Dios puso un propósito en mi vida, y que debía cumplirlo.

Uno de esos propósitos fue el de ayudar a otros, recuerdo que una amiga de Colombia que un tiempo me ayudó cuidando a mis niños mientras yo me iba al trabajo, me dijo que conocía a un amigo que estaba pasando por una situación similar a la mía, y que se sentía devastado, lo contacté, salimos a comer una pizza y a conversar, y pude ver que muchas cosas de lo que me contaba coincidían con la forma cómo se dio mi separación, terminamos siendo amigos y su hijo también fue amigo de mis hijos pues estaban casi en las mismas edades.

Es increíble cómo Dios pone en nuestras vidas a personas para poder ayudarlas en momentos tan precisos, no podría haberlo hecho en ningún otro momento ni etapa de mi vida pasada, algo que también comencé a sentir fue compasión, pues lo que yo pasé fue algo horroroso, y creo que todo el que pasa por esto necesita de alguien que le ayude a superar el proceso.

También dentro de la claridad que comencé a experimentar, pude ver de manera introspectiva escenas que habían ocurrido no hace mucho. Por ejemplo, recuerdo que en los tiempos cuando se involucró el CFS por el caso de la pareja de mi ex esposa que era peligrosa para mis niños, una agente de origen africano, muy profesional, me preguntó si estaba teniendo pensamientos suicidas.

Yo primero quedé sorprendido por la pregunta y con extrañeza le dije que no, nunca me habían hecho ese tipo de preguntas, y nunca se me cruzó eso por la cabeza, pero ella me dijo, tranquilo, solo es parte del cuestionario, es más un formalismo.

Con eso entendí la magnitud de lo que me había ocurrido y cómo Dios me había sostenido durante todo ese tiempo, y lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Sin darme cuenta, mis oraciones estaban siendo respondidas, solo que ahora tenía la calma suficiente para analizar lo ocurrido con más templanza, entendimiento y quietud.

También recuerdo mi última sesión de consejería con la señora de Norwest cuando me dijo: Diego, esta es nuestra última sesión de consejería, ha sido muy bueno ver cómo has llevado todo este caso con tanta paciencia y buen ánimo, después de hoy, tu caso será dado por concluido en nuestras oficinas, ha sido muy agradable conocerte, eres un gran padre y veo que haces mucho por tus hijos.

Comenzaba a sentir que tras una etapa dolorosa que se cerraba, otra etapa mucho más grande y bendecida se abría frente a mí, no con cosas extraordinarias, solo con una inmensa calma como cuando llegas a escuchar el golpe de las pequeñas olas en la orilla cristalina de un lago sin viento, y el tiempo parece detenerse en la suavidad del entorno.

Tras pasar tiempo a solas en el sillón de la sala, o terminando de ordenar la habitación de los chicos, al ver sus huellas de artistas sobre las hojas donde dibujan y pintan, al observar la creatividad en sus construcciones de lego, al terminar de lavar los platos y dejar limpia la cocina, todo ese silencio que viene acompañado de calma, me trajo una sensación de bienestar conmigo mismo y con todo el mundo.

He ido caminando por varios parques de la ciudad, y en todos me sentaba en una banca a meditar, no podría decir cuánto tiempo estaba así pues no forma parte de una receta, pero si recuerdo que llegaba a respirar profundo y exhalaba con una sonrisa en mi rostro, agradeciendo a Dios por la dicha de vivir ese momento y ese lugar, recordando un dicho que aprendí desde niño: ‘el paisaje es de quien sabe apreciarlo’.

Mejoré mi habilidad para la fotografía, así que ya tenía otra razón para salir a explorar los alrededores de la ciudad buscando buenas tomas, conocí un parque público de golf con unos lagos espectaculares. Salía en bicicleta y eso también me ayudaba pues también hacía ejercicio.

La claridad también vino acompañada de madurez en cuanto a la música que escuchaba, pude entender que la música cuya letra no aportaba algo positivo o lo que es peor, me traía tristeza y añoranza, ya no era necesario seguir escuchándola. La música parece inofensiva, pero es un arma que si no sabes utilizarla bien puede causarte daño y alargar tu proceso de dolor.

Ahora ya con más entendimiento escucho lo que me parece agradable en la melodía, pero la letra ya no me afecta en absoluto, aún así, me volví más selectivo en cuanto a la música que escucho.

Con el tiempo entendí que la claridad no llega haciendo ruido. Llega en silencio. En una caminata tranquila, en un paseo sin muchos planes, en una casa ordenada y en calma, en la risa de tus hijos, en una cocina limpia después de un día largo, en una oración hecha con sinceridad y en esa paz que Dios pone poco a poco dentro del corazón cuando decides sanar de verdad.

Y fue ahí donde entendí algo que jamás había experimentado con tanta profundidad: vivir en paz con uno mismo es una de las riquezas más grandes que existen.

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