El perdón

Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 14)

Las semanas corrían en mi vida con un día a día entre ajetreado, cansado y gozoso al pasar una mejor calidad de tiempo con mis hijos, pero había algo que no me dejaba levantarme, me pesaba y hasta esquivaba ese pensamiento todas las veces que podía, y era el hecho de que para continuar en mi recuperación, debía perdonar.

La tarea no era tan sencilla como parecía, de hecho, sonaba más fácil decirlo que hacerlo, sonaba más realizable en mis pensamientos que en mi mente y mi corazón. ¿Cómo podría yo perdonar a alguien que me hizo tanto daño? ¿cómo se perdona en estos casos?, mis hijos fueron expuestos a un grave peligro, ¿qué hago con eso?, entregué mi esfuerzo, mi tiempo y mi vida a alguien que me traicionó de la peor manera, ¿y es que acaso eso debo perdonar?, es difícil pensar en ello e imaginar que tras el perdón uno deba vivir como si nada hubiera pasado.

Pero déjame decirte, que desde el inicio, mis preguntas estaban mal enfocadas y sin una orientación objetiva, la verdadera pregunta que realmente debía hacerme fue: ¿Quién soy yo para haber sido perdonado? Le he fallado tantas veces a Dios y aún así me perdonó, ¿no debería, acaso, estar agradecido por su perdón y su salvación y aún alabando en medio de la desgracia? Como dice en Job 1:21 ‘Jehová dio, Jehová quitó, alabado sea su nombre’.

Y es que es la verdad, no debería objetar tener que perdonar a alguien sabiendo que Dios me perdonó mis pecados y transgresiones. Pero resulta que dentro de los errores que cometí, mi propio yo también necesitaba estar perdonado conmigo mismo, y es así como entendí que el primer paso, era ese, necesitaba perdonarme a mi mismo.

Y ¿de qué?, bueno, se que resulta difícil hacernos esa pregunta cuando somos víctimas de un maltrato, una infidelidad y una manipulación nunca antes imaginada, pero créeme, todo ello también tuvo un responsable directo, y es uno mismo, yo mismo.

Entendí que no estaba preparado para enamorar desde el inicio, ni mucho menos para ser esposo, no había entendido realmente qué significa escoger una mujer como una esposa y compañera de vida, al menos, no lo había entendido en su totalidad. Son varios factores, varias red flags, varios avisos que sirven para determinar si realmente es sano y conveniente esa persona para nuestra vida.

El matrimonio va más allá de muchos años de enamorados queriéndose mutuamente y superando obstáculos, eso es solo una mínima parte de lo que realmente significa. Por eso es que esta generación necesita urgente de una preparación de hombres que sepan dirigir sus hogares con sabiduría y firmeza, que sepan entender la mujer con quien planean casarse, y sobre todo, entender que nunca es tarde para dar un paso al costado y abrir bien los ojos ante los avisos y señales que aparecen aún las más sutiles, que son las más importantes.

Eso es lo que yo necesitaba perdonarme, el haberme alejado de Dios cuando escogí la mujer con quien me iba a casar, el no haberle consultado, ni haber buscado una guía, el haberme apresurado en avanzar con la relación simplemente porque todo parecía salir bien y yo me creía con el control de todo, el no haber comprendido que sus padres y la relación que ella tenía con ellos era una clara señal de ‘alto, espera, reconsidera’.

El haber puesto mi confianza en alguien que no tenía el mismo nivel de lealtad que yo, eso es lo que uno debe aprender a perdonarse, pues debemos estar siempre atentos y avisados, nuestra confianza en una mujer, como hombres, es y debe mantenerse siempre sagrada, como algo muy valioso y muy caro de entregar.

Me perdoné a mi mismo, y sí, también trajo tragos amargos post caída, pero era una amargura diferente, esta sanaba, cocía la herida, la limpiaba y trataba el corazón como refrescándolo para que pueda seguir sanando en paz.

No fue de golpe, como nada de lo que me sucedió, son días, semanas y meses que uno debe dejar pasar en este ánimo de perdonarse a si mismo, no es cierta la frase que dice que el tiempo lo cura todo, la única forma de curarse es manteniendo la misma voluntad de sanar todo el tiempo posible, por sí solo el corazón nunca va a sanar, lejos de eso, va a cicatrizar con infecciones que suelen terminar en enojos y amarguras que le quitan la vida a uno mismo y termina de destruirlo.

Luego de ello, una vez perdonado, fue necesario acercarme a Dios, ya que humanamente me fue imposible perdonarla, solo Dios permitió que la perdonase, y es necesario aclarar algo que confunde a muchas personas: Perdonar no es regresar con esa persona, perdonar no es volver ni restaurar la relación. Cuando la relación se rompe por completo, perdonar es estar en paz internamente con esa persona para terminar de dejarla ir de tu vida, sin aflicciones ni rencores.

Es decirle adiós deseando que con eso la paz y la tranquilidad sean cualidades dignas de disfrutar a diario en mi propia vida. Todo lo demás, todo lo que hizo o no hizo se lo dejé a Dios, pues Dios es un Juez justo y es El quien hace la justicia en su tiempo, al igual que conmigo.

El trato hacia ella se limitó solo a tratar temas de los niños, de la manera más respetuosa posible, lo mantuvimos solo por mensaje ya que a ella se le hizo imposible hablar conmigo mirándome a los ojos. Los niños pasaron a ser prioridad en mi vida, incluso por encima de mi mismo, lo cual es una decisión que yo tomé de manera personal y estuve feliz de que así sea. Como dice la Biblia: ‘hay más dicha en dar que en recibir’.

Y es así como pasé el proceso del perdón en esta etapa de mi vida, con todo lo que me había pasado, con el tiempo experimenté una nueva calma y un nuevo silencio pero mucho más pacificador y benigno que el primer silencio que viví, este ya traía consigo respiradas hondas en mi alma, calma durante las noches y nuevas fuerzas en las mañanas, era un silencio y una soledad que comenzaba a disfrutarlas, como si fueran un postre que uno aparta para el mejor momento del día, y si, con tiempos de oración a Dios, traía saciedad en mi alma.

Siguiente capítulo: padre

1 thought on “El perdón”

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