El día que se fue

Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 6)

Un cuerpo agotado, una mente al límite

Pasaron varias semanas desde que el caos de lo que en algún momento llamaba mi hogar iba aumentando. Le conté de mi problema a un pastor y amigo que tenía en Perú, él trabajaba en una iglesia cristiana en Arequipa y mantuvimos por aquel tiempo una comunicación fluida. Orábamos juntos por muchas cosas, entre ellas la restauración de mi matrimonio, y también para que yo recobrara fuerzas, porque estaba pasando por momentos de extrema angustia.

En esta situación muy triste y lamentable me iba a las clases del college, comenzaba a decirme a mi mismo ‘ya no doy más’, pero tenía que seguir, era un objetivo por el que había llegado a Canadá. Conversaba por llamada con aquel pastor en mis recesos. Recuerdo que un día llevaba varios días sin poder dormir y, en una de sus llamadas, yo estaba demasiado cansado, con mucha tristeza en mi corazón. Lo escuchaba, pero al mismo tiempo mis fuerzas ya no daban y comenzaba a dormirme en media llamada, apoyando mi cabeza en la mesa de uno de los cafetines del college. Me despertaba cada treinta segundos y con un sueño intermitente terminábamos de conversar y yo a seguir con mis quehaceres.

La necesidad de sobrevivir

En casa, ella comenzó a desentenderse de varios gastos fijos que teníamos, me trataba con desprecio cuando coordinábamos recoger la comida del food bank, la misma actitud se mantenía para cada cosa de la casa, por lo que pensé que una solución era que yo entrara a trabajar full time para poder aliviar la carga financiera que ella supuestamente tenía. Mi trabajo tenía que coincidir con mis horarios del college así que la tarea no fue nada fácil, pero me propuse conseguir.

Y fue así que dentro de todas las empresas a las que postulé, me llamaron de una empresa de procesamiento de reciclables. El puesto era para técnico mecánico de mantenimiento, me llamaron para pasar entrevista en la misma planta, se me hizo difícil llegar hasta ahí, era en un sitio alejado por donde no llegaban los buses urbanos. Yo no tenía ni bicicleta para movilizarme y aún hacía bastante frío pues estábamos en pleno invierno.

Caminé guiándome con Google Maps y llegué a una parte donde había que cruzar un puente elevado de una avenida, de un lado no tenía paso peatonal y del otro lado estaba todo cubierto de nieve, por lo que decidí ir por abajo, por donde estaban las vías del tren. Mientras bajaba mis piernas se hundían en la nieve hasta más arriba de la rodilla, por lo que tuve que sortear por otros lados menos profundos. Llegué a la vía del tren y mientras cruzaba recibí un aviso de una persona que estaba en una locomotora del CN Railway, y me dijo: ‘No puedes cruzar estas vías, es ilegal’. Por lo que tuve que regresar por donde había venido.

Mi primera entrevista en Canadá

Mientras caminaba hacia la planta, se me ocurrió llamar a mi antiguo gerente de Svendborg en Perú, la compañía donde anteriormente trabajaba antes de venir a Canadá. Le preguntaba si había posibilidades de volver a esa empresa en el caso de que tenga que volver al Perú, y me dijo que por el momento no estaban necesitando, pero que me tendría al tanto si sabe de algo. Por mi cabeza se cruzó la idea de regresar todos a Perú, porque todo lo que estaba viviendo era una tremenda pesadilla y no lo creía poder soportar.

Llegué finalmente a la planta de reciclables, me disculpé por haber llegado tarde y me dijeron que no había problema, que estaba a tiempo. Pasé la entrevista y en ese mismo momento me confirmaron el puesto para entrar a trabajar. Para mí fue una gran alegría, pero al mismo tiempo un completo misterio de qué cosas iba a vivir ahí, no reflejaba ser un buen ambiente laboral, pero en ese rato no me importaba, me ganó la necesidad.

Entré a trabajar a la empresa ganando más que el salario básico de la provincia, lo cual era una bendición y me tenía aliviado para cubrir los gastos de la casa. Le avisé a mi esposa (en ese entonces), pero fue como hablarle a una roca, solo recibía indiferencia total, a pesar de que eso iba a ayudarnos a todos en la parte económica.

Comencé a pagar todo en cuanto a los gastos del mercado de la semana, también el transporte, ropa, y zapatillas de todos, pero lo que recibí a cambio fue algo que me volvió a golpear como si no hubiera estado haciendo nada: ‘deberías interesarte un poco en los gastos de la casa, ya que todo lo estoy pagando yo y tú también trabajas’. Aquella frase me volvió a dejar confundido pero esta vez entre helado y frustrado, para mí fue muy difícil procesarlo y entender por qué actuaba así, como si tuviera una venda en sus ojos.

La planta y el desgaste físico

El trabajo en la planta era extenuante, demandaba bastante esfuerzo físico. Teníamos que limpiar una cantidad de sorteadores ópticos con fajas transportadoras en poco tiempo. Teníamos breaks muy limitados y controlados. El supervisor solía ser bastante despectivo con el equipo de mantenimiento y andaba levantando la voz y renegando la mayor parte del día. Yo aguantaba en silencio la desgracia que estaba viviendo en mi matrimonio y también aprendí a resistir el maltrato en aquella empresa.

Cada día que pasaba me preguntaba una y otra vez por qué me estaba ocurriendo todo esto, pensaba mucho en ella, en si había cambiado de parecer o si por algún milagro había reaccionado, pero todo iba de mal en peor. Dejaba en visto mis mensajes, respondía con mucho odio en sus palabras y en su trato hacia mí. Salía del college rumbo al trabajo, el bus me dejaba a un kilómetro y medio de la planta y todo eso caminaba en medio del frío de un invierno que se rehusaba a irse.

Poco a poco la ciudad se fue descongelando y pude conseguir un longboard, me acordé cuando trabajaba en Florida, cuando un amigo me prestó su longboard para ir al trabajo y veía que era muy eficiente en veredas planas. Así que decidí hacer eso para las veces que tenía que salir al trabajo desde mi casa. Llegaba muy cansado y el supervisor se sorprendía y me preguntaba desde dónde venía en eso, y yo le decía desde mi casa, y no me creía, solo se reía.  Fue en ese tiempo donde, a falta de apetito por mi angustia, y con todo el esfuerzo físico que hacía para llegar al trabajo más el trabajo mismo en la planta, comencé a bajar de peso.

En todo ese tiempo ella me dejaba en la incertidumbre, me respondía a ‘no lo sé’ cuando le preguntaba si estaba dispuesta a volver. Parte de esa angustia también fue porque yo no veía con claridad ni entendía que ya estaba todo terminado, pero hubiera querido que ella misma me lo diga, y eso hacía que me creara falsas esperanzas en lo que llamaba matrimonio, algo que ya no era desde hacía ya un tiempo.

Otra mentira descubierta

Cierto día yo tuve que ir a trabajar en sábado, ese día nos habían invitado para que vayamos en la tarde a la casa de unos amigos peruanos para celebrar un cumpleaños. Ella mi dijo que también le tocaba trabajar así que tuvimos que dejar a nuestros hijos en casa de otros amigos, quienes los tendrían hasta que uno de los dos lleguemos primero de trabajo y los recojamos de ahí.

Resulta que mi trabajo estaba en la misma ruta que pasaba por el trabajo de ella, y ese dia yo había salido más temprano de lo habitual. Por alguna razón no le dije que salía temprano, estaba conduciendo mi bicicleta y justo pasé por su trabajo. Recuerdo que se me cruzó por la cabeza esperarla, pero luego seguí de frente.

Iba por un badén y, en plena bajada, ocurrió algo extraño; primero me encontré unas monedas en el piso y me bajé a recogerlas, luego decidí dar media vuelta e ir a su trabajo, pero en el camino me arrepentí, así que volví a enrumbarme de retorno, cuando de pronto vino un viento muy fuerte que hizo desestabilizarme, yo estaba en plena bajada y el viento era tal que hizo que me detuvo por completo. En ese instante otra vez ese pensamiento se cruzó en por mente y dije: voy a ir a su empresa a esperarla. Aquel suceso de las monedas y el viento fue completamente extraño para mí; me dejó pensando por mucho tiempo si fue casualidad o algo que debió ocurrir.

La esperé por mucho rato, hasta que llegó un mensaje suyo preguntándome si ya había salido, y le dije que no, que me iba a demorar. Entonces ella me dijo que ya estaba por salir, así que yo estuve más atento, esperando en la calle del frente pues no quería que me viera. Luego me dijo que ya había salido y que estaba yendo por los chicos. Fue ahí donde entendí que se trataba de otra de sus mentiras, no había ido a trabajar. Lo peor de todo fue que aparte de mentirme, mintió a mis hijos haciéndoles creer que se iba al trabajo. Prefirió irse a otro lugar a quedarse con sus hijos, y eso también fue doloroso.

Cuando llegué a casa, la escena era espantosa; los chicos estaban metidos en sus camas llorando amargamente, ella estaba bañándose. Había recibido mensajes suyos de desprecio diciéndome: ‘en qué mente se te ocurre llevarlos en skateboard a los chicos si sabes que yo ando en bicicleta, nos hemos andado tropezando y los chicos no me dejaban avanzar’. Les pregunté a los chicos por qué lloraban y me decían que su mamá los había castigado con ya no ir al cumpleaños.

Cuando salió de bañarse, le pregunté por qué les dijo eso a los chicos y me dijo: ‘bueno si vamos a ir alístense de una vez’. Yo estaba cansado de sus actitudes y ya no soporté más, así que, cerrando la puerta de nuestra habitación le dije: ¿puedo hacerte una pregunta?, ella me respondió ‘¿Cuál?’, y yo le dije ‘¿dónde has estado?’, y ella me dijo ‘¿para qué quieres saber?’, yo le dije ‘no has ido a trabajar’, luego de eso se quedó en silencio y le dije: Yo no he venido a Canadá para vivir todo esto, creo que lo mejor será que nos regresemos a Perú, y salí del cuarto.

Cuando estábamos por salir a comprar regalo de cumpleaños, le dije: ¿tienes tarjeta? Y ella dijo: yo me quedo, y cerró la puerta del departamento dejándonos a mi y a los chicos afuera sin siquiera despedirse de ellos. Los chicos me preguntaba qué ocurría y yo solo les dije que mamá había decidido no ir, que se sentía cansada, ellos no entendían lo que pasaba y eso también me dolía.

Se fue

Cuando volvimos del cumpleaños, abrí la puerta del departamento, y ella ya no estaba, se había ido sin dar ningún aviso ni explicación para mi o los chicos. Se había llevado consigo los pasaportes y DNIs de todos, incluyendo los míos. Se había ido a vivir con su amante, tal vez por sugerencia suya, pero finalmente tomó esa decisión.

Avisé a mi familia de Perú, y mi padre me dijo que lo mejor era que dé aviso a la Policía, así que llamé al 911, vinieron a constatar y me dijeron que si no volvía o avisaba dónde estaba, podía ir el día siguiente a la oficina de Policía a realizar un reporte. El día siguiente fui y realicé el reporte policial, tuve que ir con los chicos, y a ellos les expliqué que era necesario realizar este aviso, para que estén tranquilos. Luego de eso paseamos por el museo de Policía de Winnipeg, nunca olvidaré ese día, los chicos estaban divirtiéndose, pero yo estaba con el corazón destrozado y con mucha amargura.

Volvimos a la casa por la tarde, y casi al anochecer recibí un mensaje suyo de voz. Estaba completamente alterada, nerviosa, reclamándome qué había hecho, diciendo que la Policía la había llamado, hasta que soltó la amenaza: “si sigues llamando a la policía, voy a tener que decirles la verdad de cómo me maltratas”. Para mí fue algo increíble de escuchar, pero era una realidad paralela que estaba firmemente consolidada en ella.

No era solo la amenaza en sí, sino la certeza con la que lo decía, como si realmente creyera esa versión de los hechos. En ese instante entendí que ya no estaba lidiando únicamente con una separación ni con una traición: estaba frente a una realidad fabricada donde yo había sido convertido en el culpable. Y comprendí que la mujer que acababa de irse ya no era la misma persona con la que había construido mi vida.

Siguiente capítulo: un milagro

1 thought on “El día que se fue”

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