Un nuevo comienzo

Serie: De la ruptura a la reconstrucción (Parte 13)

“My one defense, my righteousness,
Oh God, how I need you.”

Cuando uno está en medio de una terrible tormenta como la que viví, el tiempo suele pasar como despellejando partes del alma, sin saber cuándo terminará, solo se tiene consciencia de que se sigue vivo, y que hay que levantarse, aunque sea por inercia a continuar la vida.

En medio de todo lo acontecido, solo pensaba en qué más debo esperar o qué cosas más me sucederán, sin imaginar que, el corazón necesitado de calma, solo podía seguir viviendo con algo que es humanamente imposible de lograr.

En el tormento y el dolor que viví hubo silencios que yo quería eliminar, ponía música en la radio mientras conducía al trabajo. Trataba de socializar con amigos y amigas nuevas, buscaba reemplazar ese silencio con reacciones lógicas, quehaceres, actividades, o simplemente descansando apenas podía.

Pero ignoré que el barco de mi vida, que estaba navegando en aguas profundas y tormentosas, con huracanes y naufragios, estaba entrando en una calma silenciosa, extraña para mi, un silencio solitario que nunca antes experimenté.

Y fue cuando, poco a poco, comencé una nueva etapa en mi vida, no era una etapa de dicha, realización y felicidad, era más bien, una etapa de sanidad a través de un nuevo comienzo, pero esta vez era un comienzo que yo tampoco provoqué, sino que Dios mismo permitió que lo viviera, sin saberlo estaba frente a una etapa de sanidad en mi vida.

Cuando finalmente las cosas comenzaron a ordenarse muy de a pocos, hubo un día en el que los chicos pudieron ir con su madre, quien había cumplido bajo papeles legales y firmas que no los iba a volver a exponer de la forma como lo hizo. Luego de despedirlos, pude verlos mientras se iban  con ella, y entré en mi casa, y sentado en mi sala, medité.

Ese silencio con quietud y soledad eran completamente nuevos para mí, entré en una etapa en la que me quedaba sentado en la sala mirando fijamente hacia la alfombra, luego hacia los jueguetes de los chicos, los cuales me recordaban que eran sus rastros de que hasta hace poco vivían conmigo a tiempo completo.

Veía las pocas cosas que aún quedaban de mi ex esposa y yo, y se levantaban delante de mis pensamientos como decisiones pendientes y obvias por hacer, me quedaba obligado a atravesar este silencio, bajo de peso, herido en el corazón, muy lastimado y humillado, pero en un estado de supervivencia intacta, como un viajero que ha llegado a su destino después de atravesar lugares que nunca quiso visitar.

Estaba trasnochado pero sin ganas de querer regular mi sueño, al mismo tiempo estaba cansado pero sin querer descansar, sin comer pero sin hambre, y en medio de ese silencio, muy dentro de mí había algo que me transmitía una vida que comenzaba a sentirla real.

Las personas vivimos en automático y estamos acostumbrados a dar por sentado que vivimos, pero muchas veces ignoramos la vida o esa sensación de estar vivos. Y esa sensación fue la que comenzó a hacerse más evidente en mi ser. Mi mente se volvió más sensible a la reflexión, es difícil de explicar pero comencé a meditar profundamente y con el tiempo sentí que era una habilidad que la estaba desarrollando.

Mis sueños con ella comenzaron a desaparecer, lo mismo que mis remordimientos, mis frustraciones y mis sueños rotos. Todos lo malo y lo que me afectaba comenzaba a debilitarse cada vez que meditaba en silencio y oraba. Debo reconocer que nunca antes había orado con tanta facilidad a Dios, nunca antes me había arrodillado con tanta rendición ni apego hacia Dios.

No fue algo constante aunque lo hubiera querido, pero si marcó mucho esa etapa en mi vida, de hecho si me preguntaras qué hacer en casos como el que viví, te diría con total seguridad que contárselo a Dios es lo primero que debes hacer para comenzar a sentirte mejor, como dice un himno que lo cantaba de pequeño:

“¿Estás débil y cargado
de cuidados y temor?
A Jesús, refugio eterno,
dile todo en oración.”

Las luchas que tenemos como hombres, no pueden ser vencidas por nosotros mismos, mucho menos las que escapan a nuestro control o nuestro poder, es por eso que el primer paso para una sanidad verdadera es ponerlo todo en las manos de Dios. Dios conoce por lo que viviste, y El, así como tú, sabe lo que se siente que te hagan eso. Entendí que cuando afrentan a uno de sus hijos, a El también desafían, así que no hay nada más que sentir que paz y confianza.

En la tierna edad que mis hijos vivieron todo esto, Dios cuidó mucho de ellos hasta el punto que lograron adaptarse a los nuevos horarios de cambio de casa luego de unos cuantos días alternando sus vidas entre papá y mamá, créeme, yo no hubiera podido lograrlo, es algo muy difícil a su edad. Del menos de mis hijos, recuerdo que me dijo que no quería que me casara otra vez, entendí que en su corazón había un hijo que quería a su padre entero para él, y así lo hice.

Mi hijo mayor me dio una muestra de madurez cuando escuché decirle al menor: lo sé, Caleb, es difícil, si lo sé hermano. Esa conversación que escuché entre ellos en mi casa nunca la olvidaré, y a pesar de que al inicio me dolía, hoy la recuerdo con alegría y admiración, supo ser un hombre y Dios le dio la fortaleza que necesitaba para consolar a su hermano.

Finalmente, en este nuevo inicio, comprendí que hubieron personas e instituciones que no me escucharon ni me defendieron, supe en carne propia, que en muchos aspectos, la voz de la mujer tiene preferencia respecto a la del hombre, pero que justamente a través de esa experiencia pude entender que existía alguien superior a todo, y que era mi gran roca y mi única y total defensa, y más que eso, también era mi justicia, quien conoce todo lo que viví y que me sostuvo con su mano poderosa durante todo ese tiempo, y ese es Jesús.  

Siguiente capítulo: el perdon

1 thought on “Un nuevo comienzo”

  1. Pingback: Los sueños – fortalezadeacero.com

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top